Cura

Y pararlo todo así,
agarrarlo en la mano fuerte
e ir abriéndola despacio,
como con miedo a que se escape,
como sintiendo el cosquilleo leve
de la mariposa de tu vida entre las manos.

 

Abrir un dedo, luego el otro,
para ser cinco puertas abiertas al fin,
palma plana como mapa en que leer
los sueños de antaño, impolutos
desprovistos previsibles,
tan de cartón que al mojarse
se hicieron agua después.

 

Mirar, como si de otro se tratara,
por la ventana cerrada de nuestras voces de ayer.
Escuchar con calma nuestro llanto pausado,
nuestra garganta cansada,
el esfuerzo en vano por demostrar
a golpe de ejemplo vivo en la constancia,
que merecimos la duda para poder respirar.

 

Luego, con el ritmo delicado de la mano de la abuela,
ir cosiendo con esmero cada herida abierta en vida.
A rellenar con cuidado, es vital el no olvidarse
un resto de sangre seca, lágrimas rencorosas,
salivas con diretes nunca expuestos a tu cara,
ser consecuente a nosotras
es la cura a las demás.

 

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Aborrecer la mentira

Seguir creyendo a pesar de todo.
A pesar de los gritos de odio,
de la enfermedad de este sistema
que inserta hiel en las voces
manchadas de otras heridas,
de la mentira escondida
en cada pliegue de red.

 

Seguir creyendo en la piel,
en los ojos que te alcanzan,
en cada rayo de nube
que acaricia nuestros pies.
Seguir creyendo en lo oscuro,
cuando muere la esperanza,
cuando ya no queda nada,
a pesar de ser diana
el pago a tanta batalla
que en silencio peleé.

 

Nadie nos dijo que el saldo
sería justo y creímos,
ser diferentes a penas,
sobreponer la caricia
para de ella aprender.
Y es nuestra sangre tan roja
y tan falta de justicia,
que antepone cobardía
al temor del que dirán.
Una verdad aunque pequeña,
una vida aunque escondida,
vale todos nuestros días
aunque signifique el fin.

 

¿Acaso no siempre fue eso
por lo que dimos la vida?
aborrecer la mentira
aún por encima del mi.

 

 

 

Junto a Silvio en mi pared

Cuando te clavé en mi pared
junto a un verso de Silvio,
sabía que ya jamás podría olvidarte.

 

Te reencontraba en mi lengua buscando a Tete,
al vals de las gaviotas, equilibrio ya sin guerra,
que se pasean despacio frente al agua de Los Patos.
Te hallé en los sombreros veloces
de las señoras pudientes de mi pueblo anquilosado,
en las nostalgias ya cuerdas tan podridas de encontrarse,
en  cada flor que de noche se vuelve bala por ti.

 

Proscrito aún por abrazar mi mano en tu cintura
mientras pierdo de nuevo la palabra exacta para nombrarte,
te recuerdo perdida entre las ramas de mi árbol ya sin hojas
al claro de la luna, que nos mintió reiterada
con nuestro tiempo mejor.

 

Nos pudo al fin la cobardía.
Repudiadas sin remedio por la historia, sin amor
envuelto en rabo de nube,
nos quedamos siempre ahí,
sin orador que conjugue.

 

 

 

En hora

Con este miedo ancestral
que le tengo a la velocidad extrema,
a esa contranatural forma nueva
de movernos veloces sin porqués,
llegando pronto a ningún sitio,
corriendo a cada tramo acelerado
para parecer estar acorde
con las notas malsonantes
de este mundo enfermo de fe.

 

Con esta manera absurda de encontrarnos
al borde de un whatsapp errado,
que aunque no fuera para ti
nos sorprende conversando,
sombras de mentiras precoces
ensayando la velada
dispuesta siempre a venir.

 

Con este miedo ancestral
que le tengo a la velocidad extrema
te paré,
llamando tu atención de nuevo.
Me miraste despacio,
como queriendo recordarme en tu lengua,
en el paso por tus manos de mis risas cansadas,
en el olor a retal de las costuras primeras
para palabra a palabra, hilarme a letras la piel.

 

Y descosiéndote el reloj
puesto a pulso sobre la mesa
adelantaste la hora,
diste segundo a segundo una disculpa innegable
al destiempo en tu chistera,
y el viejo conejo blanco cerró en punto la función.

 

Me devolviste a tu cama,
preferiste dormirte rauda y veloz
para soñarnos de nuevo con la distancia acordada.

 

 

 

 

 

 

No soy poeta

Está bien, lo reconozco,
no soy poeta.
No aparezco en las publicaciones
de generaciones posmodernas
de rimas ausentes y frases incompletas.

 

Soy incapaz de escribir sin rimar
al menos un verso de cada tres,
me nace el ritmo, me confieso trasnochado,
caducado, tan fuera de fecha para el hoy
como la lógica ausente de escribir con un porqué,
decir algo cuanto menos
que le rinda a la vida una esperanza,
objeto de cambio,
revolución escondida en cada letra,
grito encubierto en la metáfora,
giro literario cautivo
de un recuerdo en el ayer.

 

Es cierto.
Si es viejo ha de estar equivocado,
¿qué pudieron conocer poetas encerradas
en el blanco y negro de sus notas a papel?
soñadoras inconscientes de estructura anquilosada.

 

No enaltezco mis amores nocturnos
una y mil veces vividos
en los puertos a los que arribo mi vela,
compilación de mujeres inventadas
sostén de orgullo para macho envilecido,
fardo de hormonas que sacian
una vida vacía de quereres verdaderos,
alimento para el capital
del mercado de los cuerpos.

 

No, no soy poeta de estos.
Editoriales sedientas de referentes confesos
a la religión del amo.
Asumen la poesía como producto de saldo.

Pelillos en su leche

Ser molesto, irritante,
irremediablemente lascivo,
boca que desentona, atónita
la mirada al fin de sus caras inertes,
cuerpos zombificados que arrastran los pies
al paso, toque militar para una sociedad civil
que aguarda en correcta fila su turno.

 

Echar pelillos en su leche,
ser la mosca en el bocado matutino,
lechuga podrida en la ensalada, tomate
a punto exacto de acritud, ala de cucaracha
crujiente en la acidez del jugo de piña
que refresca, en su gaznate,
nuestra hambre de nada.

 

No morir por molestar,
por no conceder el gusto de proclamarnos rendidas,
por acabar con su sueño a pierna suelta perdida,
por amargarles la fiesta,
por cambiar compás y  el paso en su baile proxeneta,
por desentonar la orquesta
y arruinarles la función.

 

Retén de pájaros

Yo quise bajarme,
saltar en marcha del vagón de esta vida rota.
Decir basta, decir ya no más,
saberme rama que flota en el agua tibia
de la sencillez callada,
árbol en la mar cautivo,
retén de pájaros que navegan
hacia la nada altiva,
la nada todopoderosa
de quien se sabe perdido
sin preocuparse de encontrarse.

 

Yo quise ser sin más
el aire en la cara de la muchacha temprana,
del niño que se sueña pirata
en las islas sin tesoros a mano,
tan sólo por el hecho de buscar,
del placer de saberse explorador
del vacío que aún vigila nuestro paso.

 

Yo quise ser gaviota,
volar las playas de mi pueblo cansado.
Ver desde arriba, intocable
los siglos de desdenes y lealtades,
la miseria agradecida,
endémica mueca en pleitesía
que se rinde a sin favores
de los ladrones del alma
del alisio sin dueño.

 

Yo quise ser sin más
para poder callar o hablarme según mis ganas,
según las rabia que me abrume
o el amor que me altere en la mañana.

 

Ser desapercibido por fin
o morirme de no estar donde me toca,
en las barras de los bares de mi barrio
gente antigua con suicidios cotidianos
Y un pasado que les niega
El derecho a desertar.
En las voces que susurran los destinos,
En la gana que aún desdeña la guadaña,
en la inercia que nos hace regresar.