Las aceras de mi pueblo no son monótonas

Las aceras de mi pueblo no son monótonas,
no son fáciles de ignorar,
no están sin más por estar,
como esas cosas que existen sin sentido
y uno las pisa
las corre
y a otra cosa porque no te interpelan,
no te hacen sentirlas, sufrirlas
y alcanzarlas,
como se alcanzan los sueños perseguidos,
los anhelos por conquistar,
y esas cimas eternas que rozan el cielo.

 

Las aceras de mi pueblo son muros infranqueables,
paredes verticales que escalar
escaleras sin apoyo, peldaños cortos al pie
mientras uno piensa en los quehaceres diarios,
las tareas pendientes nunca terminadas,
la noche que sin dormir te despedaza la excusa
y te recuerda quién eres, pero sobre todo
quién siempre quisiste ser.

 

Y tú las miras de abajo,
haciéndote chiquita, insulsa
como se mira a un jefe desde la chica silla
acomodada para enaltecerlo,
para compensar su complejo de hombre incapaz,
atracador de esclavos sin remordimientos.

 

Y de a poco comienzas a trepar por su piedra antigua,
por sus calles resbalosas del espelme sagrado,
vela en procesión caída en expía de la culpa
de los afanares viejos,
del apellido nombrado a fuerza de someter
en una tierra obsequiada a cambio del favor dado.
Tan desnivelada sociedad, que siempre andamos en cuesta
en este pueblo asustado.

 

 

 

 

 

*Espelme: http://www.academiacanarialengua.org/consultas/236/

 

 

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Vaho en el cristal

Somos casi de cristal,
bocanada de vaho que nos deja la huella
para borrarse luego, despacio
a golpe de aire
para nunca más volver.

 

Somos al fin,
ese dibujo a mano alzada,
dedo tembloroso de niño
sobre el vapor nacido de la boca,
corazón errante, cara sonriente
o triste boca pasajera
que se funde con el vidrio,
volatizando al instante
y ya.

El gusto de ti

Y qué me queda de ti después de pasado un día.
De  apenas sentir que habitas en ese  ocaso temprano,
del bocado medio dulce que hace llevar la mañana
al golpe de un cruel horario que me obliga a serme infiel.

 

Y qué nos queda ¿te acuerdas? 
De la noche que no fuimos,
de la tarde sin paseo por el parque de mi infancia,
de la ausencia de mis  ojos hablando bajo a los tuyos,
de la mentira coartada que nunca alcance a decir.

 

Y qué nos queda sin sernos habiendo pasado un día,
si apenas no  te recuerdo y tengo el gusto de ti.

 

 

 

 

 

 

 

 

ilustración: Courtney Brims

Amarcreyendo / Perdón por la Utopía

Excusa XVIII / Perdón por la Utopía

Nélida

A Nélida la parieron
hace más de ochenta primaveras,
en el seno de ocho cunas, pan y hambre
y un barranco chico justo en la ladera,
cuando madre alimentaba los cochinos
con los pejes que pescaba padre abajo
donde el mar hoy aún rompe la roca
y se inhala la salitre en que olvidamos.
Al pasito de su niña y por sendero
del barranco que colinda con la cueva,
fue creciendo de la mano de esta isla
en que supe su caricia en vez primera.

 

Hoy la miro y puedo verla cocinando.
Si a media boca la sonrisa la acompaña,
mi chinijo se le acerca en el intento
de sacarle un cuento viejo, un acertijo,
o un juguete hecho en masa de empanada.

 

Aún le queda en la mirada la cosquilla,
picardía de quien supo bailar sola,
agarrada a la raíz de una mentira
o del beso que llegó cumplido en hora.
Te debemos la utopía de los cuentos,
el veneno que se esconde en cada historia,
más de un kilo de mirada en el silencio
y una boca que nos llena de memoria.
No te irás, no puede irse quien no muere,
quien se queda en alma y peso
quien evoca.
Hazme pan con mantequilla, te y pasteles
y acurrúcame en tu pecho y en tu sombra.

Cura

Y pararlo todo así,
agarrarlo en la mano fuerte
e ir abriéndola despacio,
como con miedo a que se escape,
como sintiendo el cosquilleo leve
de la mariposa de tu vida entre las manos.

 

Abrir un dedo, luego el otro,
para ser cinco puertas abiertas al fin,
palma plana como mapa en que leer
los sueños de antaño, impolutos
desprovistos previsibles,
tan de cartón que al mojarse
se hicieron agua después.

 

Mirar, como si de otro se tratara,
por la ventana cerrada de nuestras voces de ayer.
Escuchar con calma nuestro llanto pausado,
nuestra garganta cansada,
el esfuerzo en vano por demostrar
a golpe de ejemplo vivo en la constancia,
que merecimos la duda para poder respirar.

 

Luego, con el ritmo delicado de la mano de la abuela,
ir cosiendo con esmero cada herida abierta en vida.
A rellenar con cuidado, es vital el no olvidarse
un resto de sangre seca, lágrimas rencorosas,
salivas con diretes nunca expuestos a tu cara,
ser consecuente a nosotras
es la cura a las demás.